jueves, 8 de diciembre de 2011
1.
Son las 10 y 10; aunque todo esté en silencio aún debo de terminar de lavar los platos, soportar la misma monotonía, las mismas manchas, los mismos cubiertos que llevamos unas miles de veces de las manos a las bocas, tratando de digerir con ello la cena, la misma culpa, sobre todo la culpa; los platos servidos a través de miradas frívolas, acusadoras, siniestras y cínicas, ¿quién de los dos mentirá más? No puedo dejar de ver mi reflejo en la espuma, sé que mañana volveremos a la misma disidencia de ser una familia feliz, hipócritamente feliz, debiéramos de suicidarnos todos, dirigirnos a nuestras habitaciones y tranquilamente después de un vaso de arsénico, tomar la almohada y depositarla frente a nuestros ojos, asfixiarnos mientras soñamos contando ovejas mientras se van tiñendo de negro. Un beso en la frente a los chicos y decirles que nos veremos pronto, que no es una despedida… mientras se van durmiendo por el efecto, mientras todo les va dando vueltas y se abrazan a mi cuello y luego a su cama, mientras los observo, navegando en ese velo transparente que deja la llegada de una muerte tranquila.
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